Después de dejar al señor Mackenzie
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Mary McCarthy, una de las escritoras norteamericanas más interesantes del siglo XX, nos traslada a los años veinte, cuando quedó huérfana y a su suerte en un mundo de relaciones tan pintoresco, potente y misterioso como la religión católica. Allí estaban sus abuelas: una cristiana piadosa, pero severa y aterradora; la otra judía, que llevaba siempre un velo para ocultar los efectos desastrosos de un estiramiento facial. También su malvado tío Myers, que la golpeaba por el bien de su alma, y la tía Margarita, que mezclaba jugo de naranja con aceite de ricino para pegarle los labios por la noche y evitar que respirara por la boca, una práctica, a sus ojos, nada saludable. Pero estos familiares, tan ajenos como terribles, junto con las monjas de la escuela del convento del Sagrado Corazón, ayudaron a inspirar su sentido devastador de lo sublime y ridículo, y su ingeniosa imaginación de novelista.
Para la despreocupada o profana muchedumbre que no asiste a espectáculos deportivos o, si los presencia alguna vez, considera a sus intérpretes como seres privilegiados a quienes la fortuna sonríe constantemente, La noche será una aleccionada revelación. La atribulada existencia de Luis Canales descubrirá al lector que en el boxeo, como en todos los esfuerzos humanos, el triunfo es sumamente difícil y, aun conseguido, implica muchas veces dificultades insuperables y peligros angustiosos. No otro es el fondo de La noche, cuyo autor ha acertado a fijar el ambiente de los boxeadores, tanto en su modalidad espectacular como en su aspecto privado, para así captar la atención de los lectores al desarrollo de la acción, descrita con un ritmo muy apropiado al asunto elegido. La fluidez y precisión del estilo, y la perfecta trama ambiental son elementos básicos en esta novela.